De: JOSÉ LIBORIO OSORIO GÓMEZ
Cuenta la historia, que la hostilidad feróz de las tribus pijaos, hizo
necesario que tomaras cuerpo y vida,
plácidamente recostada sobre las ribas melodiosas del Combeima y, con
espejo propio, mirarte siempre en sus linfas cantarinas, y contemplar, día a
día, el milagro de tu existencia y devenir.
Tuviste la suerte de tener como guardián
de tus sueños, el cono níveo y majestuoso del Tolima, privilegio que
envidiaría cualquier ciudad del mundo.
Afortunados los que han nacido bajo tu cielo luminoso y tranquilo, pero
también, los que han llegado de otras latitudes en busca de tu grato cobijo.
Venturos los que rindieron su última
jornada en tu suelo y descansan, a la vera de Dios, en tu regazo.
Te hemos visto vivir una transformación que sorprende por su belleza y
dinamismo: de aldea donde imperaban “el adobe, el calicanto y las tejas” a la ciudad pujante y bulliciosa
de hoy, sin cambiar ni postergar tu vocación musical, que es de natura.
No te arrugan ni te abaten los años. Al contrario: cada día que pasa, te
hace ver más lozana, con rostro alabastrino y porte soberano. Lo testifican: la
Palma susurrante y el Ocobo emblemático,
que te regala, que nos regala con el ritmo del tiempo, su
florescencia triunfal todos los años.
A lo largo de tu vida no han faltado tragedias, pero tú, nobilísima señora,
ha sabido sobreponerse por la entrega generosa de tus hijos y por la
virtualidad de tu historia y tu leyenda.
Amamos los contornos de tu territorio: verdes tenues e intensos en la
proximidad, y azules tornasolados en la lejanía.
Feliz, discurrir cabe la lumbre de tus amaneceres victoriosos,
y extasiarlos a la hora
crepuscular, siempre romántica, tocada de un poco de melancolía. Bajo tu alero
que cautiva, la vida transcurre singularmente
plácida y obsequiosa.
Loor a ti Ibagué!




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